martes, 10 de septiembre de 2013
La herida
Tengo la piel de buena calidad. No recuerdo haber sangrado mucho. Ni de niña. Todas las heridas cierran sin dar lugar a una cura. Y aunque aquélla era una herida grande, de bordes desiguales, cerró tan pronto como las otras. No hubo cura previa.
Se fueron posando bajo la piel miserias y daños. Al mínimo roce, brotaba la sangre sucia. Y volvía a cerrar. Y volvía a abrirse. Y se acumulaba más y más podredumbre. Llegó a dañar tanto el tejido que la rodeaba, que dejé de reconocerlo.
La ignoré, primero. Intenté adormecer el dolor, más tarde. Y por fin, en un arrebato de valentía nada característico en mí, decidí atajar aquello. Muerta de miedo, bisturí en mano, la abrí de un corte limpio. Y empezó a salir todo lo que se había acumulado a lo largo del tiempo. Dolía el brotar de la sangre. Pero también liberaba de la presión. Y, pese al miedo, no permití que cerrara. La limpié con sal, prometí cuidarla, la llené de besos.
Luego el tiempo y los cuidados fueron haciendo su labor. La piel se volvió a unir sobre lo que, ahora sí, era carne sana.
Ahora, cuando paso la yema del dedo por la cicatriz, aún tierna pero firme, recuerdo el dolor, las curas. Pero, más que nada, recuerdo el miedo a que nunca pudiera cerrarse.
domingo, 8 de septiembre de 2013
Romeo y Julieta
Quizá debería dejarlo. Quizá debería dejar de pensar de una vez por todas. No sé; hacerme bióloga y reflexionar sobre la reproducción de los cangrejos congoleños en un entorno hostil, las Galápagos por ejemplo. Dedicarme a algo que mantenga a mi cabeza alejada del hombre. No pensar más en absolutamente nada relacionado con el hombre. ¿Alguna vez han pensado la cantidad de tiempo real que los personajes de una historia de amor se pasan sufriendo? Cojan cualquiera. Cualquier relato de amor de la Historia (si les queda algo de sentido en su cabeza asegúrense primero de que tenga un final feliz para así, al menos, ser capaz de dormir esa noche). Cojan cualquier historia de amor y comprendan la cantidad de sufrimiento que desprenden los protagonistas. Hay un final feliz, por supuesto (siempre que hayan seguido mi consejo y todo esa tortura no sea más que el preludio de la muerte). La pregunta es: ¿cuánto dura ese final feliz? Y repito: ¡No lo lean!, pero pongamos por ejemplo la tragedia de Romeo y Julieta. "¡La mejor historia de amor!", según argumentan algunos. Una trágica historia de amor que es capaz de reflexionar sobre todas las pasiones humanas. Vamos a jugar un poco; cambiémosle el final. Supongamos que Romeo no es gilipollas y espera un poco antes de beberse lo que supongo sería una densa y refrescante copa de... pongamos arsénico.
Estupendo; una historia de amor que acaba bien. ¿Luego qué? Morir de amor es más fácil. ¿No tendrían peleas? Se casarían; perfecto. Pero sin su muerte los suegros de ambos seguirían odiándose a muerte. ¿Cómo serían esas cenas de Navidad? ¿Cedería Julieta yendo a casa de los Montesco y aguantaría todas sus bromas? ¿Cuánta presión creéis que ambos enamorados aguantarían antes de plantarse en el primer juzgado que encontraran por el camino y estrenar la popular tradición del divorcio? ¿Y si Romeo, además de tenerla increíblemente pequeña, era eyaculador precoz? En un par de semanas Julieta saldría sonriendo del palacio de Paris mientras Romeo, aparte de no follar, se ve asediado por las facturas que le debe al pintor que dibujo el fresco que adorna el techo de su dormitorio.
Pero Romeo y Julieta me dan igual. Las historias de amor son fáciles porque se acaban cuando el autor quiere acabarlas. Lo que no cambia es que en todas ellas los protagonistas agonizan durante cada página esperando llegar a ese final ficticio en el que toda su vida será un triunfal paseo de rosas sobre el resto de la Humanidad. Me recuerda a esos terroristas suicidas que sacrifican su vida con la fe de que les abrirá las puertas del paraíso de cien vírgenes que alguien les prometió. Hasta ese punto hemos llegado. Nosotros, los hombres, hemos llegado a elevar nuestras torturas a la razón última de nuestra existencia.
"El recuerdo de sus gemidos y el sabor de sus pies en mi boca es suficiente para que siga dándole una oportunidad al amor", debió alguien decirme alguna vez. "Me parece genial; pero ese recuerdo de lo que tú llamas amor no es más que sufrimiento continuo. Recordar algo más agradable que tu situación actual es empeñarse en sufrir". Si tuviera ese punto de ingenio ésta hubiera sido mi contestación a ese comentario imaginario.
-Romeo y Julieta. Ni idea.-
jueves, 15 de agosto de 2013
¨Regalo¨
Antes que digas nada y rechaces todo esto de pleno. Dime al menos dónde puedo encargar a alguien como tú, igualito a ti, aunque sea una copia barata, lo daré por válido. Pero encárgate de que venga con todos tus defectos incluidos en el precio. Pídeles que me plagien tu esencia, y tu estúpida forma de reírte de mí. Que hagan una absoluta fotocopia de la forma que intentas ignorarme, y hacer con que me buscas a metro por encima de mi cabeza. Lo quiero igual de artista, con la misma iniciativa, no me importa gastos adicionales. Diles que no escatimen en tus detalles, y que le jodan al copyright pero quiero calcadas todas tus palabras. Que no le cambien tu ideología, que siga sabiendo lo que quiere y hasta qué punto. Que le falten horas a sus días y venga a robármelas a mi, aunque sea de madrugada. Pídeles que encuentren la fórmula que tienes para que me sea imposible pensar que hay algo más allá de ti y nuestra circunstancia. Aprovecha la oferta y exige que me lo manden sin gastos de envío, con solo ganas de mí. Y si no es posible eso, pide al menos la garantía y asegura mi corazón a todo riesgo, porque últimamente está hecho mierda y no quiere ver a nadie que no seas tú.
sábado, 29 de junio de 2013
...
... Euforia, tormento. Noches en vela. Días inactivos. Sueña despierta delante del ordenador. Se olvida el bolso en el supermercado. Sigue de largo donde debería doblar. Habla en voz alta mientras camina sola. Planea lo que diría, o lo que debería haber dicho. Lo que le dirá en un próximo encuentro. Corre riesgos estúpidos. Dice tonterías. Se ríe demasiado. Habla lo que no debe. Revela secretos. Pasea de madrugada. Algo que le dijo él aún le resuena en sus oídos. Ve su sonrisa si cierra sus ojos. Atesora las entradas de la película que vieron juntos ¿Qué pensará él del libro que está leyendo? Un perfume despierta un sin fin de recuerdos. Una canción le provoca sollozos. Llora un promedio de cien lágrimas al día. Y duerme, calcula, unas cuatro horas por noche...
domingo, 23 de junio de 2013
Sólo alguien con las heridas cerradas...
Sólo alguien con las heridas cerradas,
sólo alguien
que ha aullado de dolor mientras las curaba
podrá mirar sin miedo
mis cicatrices
y caminar conmigo en paz.
miércoles, 19 de junio de 2013
Érase una vez...
"Érase una vez... Y al final del cuento la caperucita era una loba, la abuelita un leñador, la devoradora una asceta, la libérrima un completo compendio de dependencias, la mística una frívola empapada de temores, el incomprendido un ángel, la princesa un monstruo, el monstruo una princesa, el otro incomprendidonun diablo, la supuesta loba una absoluta caperucita y el camino entre el bosque un leñador".
sábado, 8 de junio de 2013
Perdón, perdón, perdón
Desafortunadamente, la idea del perdón lleva mucho tiempo envenenada. El perdón constituye, junto con la promesa, uno de esos gestos que mejor define la condición humana. Perdonar tiene algo, en sus orígenes, de rechazo a la fatalidad de lo ocurrido. Cuando decimos "lo pasado, pasado", estamos afirmando no sólo que del pasado lo único que podemos hacer es irnos olvidando, puesto que no hay forma de que vuelva, sino también que es la realidad más sólida, más firme, más inalterable que podamos concebir, como viene expresando en el viejo refrán popular "el pasado puede más que Dios". Así las cosas, perdonar tiene algo de rechazo, de enfrentamiento a la dictadura del pasado, a su aparente irreversibilidad. Es como si el que perdona le dijera al mundo: "Esperad un momento, que sobre este asunto todavía me queda algo por hacer".
Eso es lo que le queda por hacer al que perdona pertenece a un orden específico. Por decirlo con las palabras que utiliza Javier Sábada en su libro El perdón, en el gesto de perdonar se expresa la soberanía del yo, que, en su plena autonomía se enfrenta a otro yo. De hecho, cuando empezamos a ejercitarnos en la práctica del perdón, una de las primeras cosas que no suele sorprender es la incomprensión ajena. Pero, ¿cómo has podido perdonar semejante cosa?, se nos suele decir. En tales momentos empezamos a ver la diferencia de perspectivas: esas terceras personas nos plantean su recriminación desde un punto de vista (por ejemplo, el de algún legítimo derecho que nos asitia y al que estamos renunciando) que poco o nada tiene que ver con la naturaleza del perdonar.
Y es que el perdón fundamentalmente significa, utilizando la definición de Butler, la supresión del resentimiento. Perdonar por tanto, no equivale a olvidar (por más que tantas veces se equiparen ambos términos) ni a absolver. El perdonado no se torna inocente tras el perdón. Puede quedar, si ello está en manos de la víctima, eximido del castigo, pero ello no resulta forzoso. Quien perdona no renuncia a la memoria, sino al odio (tal vez como señalaba Arendt, se perdona a la persona, no lo que ha hecho). S desprende de esto que, si con alguna virtud tiene que ver la facultad de perdonar, es con la misericordia, aunque también mantenga un parentesco cercano con la generosidad (que es la virtud del don). Ninguna de las dos es innata: ambas se alcanzan básicamente a través del conocimiento, tanto de los otros como de uno mismo... (...)
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