Todos sabemos que el corazón no atiende a razones, y que sus asuntos circulan a través de senderos muy lejanos al racionalismo o al sentido común. La euforia de enamorarse tiene lenguajes únicos y personales, donde la química, la piel, incluso las hormonas ocupan un lugar clave para que surja y se desarrolle toda la mecánica del deseo, y la pasión supere la voluntad o el instinto de seducir. De la misma manera que sin buscarlo un día topamos con el hombre de nuestra vida y sus ojos nos quedan marcados a fuego para la eternidad, también nace en nuestro interior la necesidad de tenerlo en exclusiva, de no permitir intromisiones, y vamos creando cada cual a su estilo, ese “derecho” de no compartir. A partir de aquí, la pareja construye su mundo y sus reglas de juego, tan claras como vulnerables, tan firmes y frágiles como les permiten la sumisión a los vaivenes de los sentimientos y el compromiso, y tan complejas como el propio ser humano. Porque el hecho de quererse no es estático sino evolutivo, con toda la fluidez de la que es capaz de sorprender, a los dos, la vida. Y porque el devenir diseña la perspectiva hacia la que se dirige el presente desatando los nudos que habíamos planificado para el futuro. Por ello hablar de fidelidad y de infidelidad, así generalizando, roza casi lo frívolo. Y eso que durante mucho tiempo nuestra sociedad ha medido el adulterio con distinto rasero (un desliz en ellos; una traición con categoría de delito, para ellas), y a pesar de esas estadísticas que señalan que el acceso de la mujer al trabajo, al poder, la hace más tolerante ante la infidelidad e incluso, dicen, más proclive a ella. Los conceptos que se barajan alrededor del término: sexo, aventura, celos, ultraje, honor, culpabilidad, resentimiento, inician normalmente un viaje de difícil retorno.
¿De qué hemos de hablar entonces: de fidelidad o de lealtad? Un tema de debate, un tema de siempre pero de rabiosa actualidad por los adúlteros y adúlteras que son noticia y que evidencian el complejo mundo de las relaciones, de la moralidad, de los dobles juegos, y de una sociedad que acostumbra a moverse por apariencias. Seguramente, ninguno de nosotros estamos preparados para teorizar. Yo la primera. Porque cada caso es particular y excepcional, y lleva carga detonante capaz de hacer tambalear las estructuras más sólidas, y porque reducirlo sólo al sexo es una postura simplista.
La infidelidad suele llevar como bandera la libertad, mientras que la fidelidad se cobija en el estandarte de la honradez y de la lealtad, cuando esas superposiciones no son reales, sino siempre justificativas.
Porque fidelidad e infidelidad se amarran en raíces más profundas, de la personalidad, de las inclinaciones, de la cultura recibida y aprendida, y, en fin, de la vida misma. Algo mucho más determinante que cualquier conducta políticamente correcta.
martes, 19 de enero de 2010
lunes, 28 de diciembre de 2009
Escribir por regla
Hoy no escribo en ordenador, sino a mano. Hoy no estoy sentada en mi habitación, sino en un jardín de un país lejano. Hoy estoy en el rato peor del día de mi regla; soy puro dolor de ovarios, útero inflamado...y la revista cierra. Todas las mujeres tenemos la regla montones de años. Unas no se enteran, pero la mayoría sabe de qué hablo. De que el cuerpo pida un estiramiento, un reposo, un respiro. El mundo no se para por un dolor de regla ni por un embarazo, ni por un síndrome premenstrual por gordo que sea. Así, las camareras y las ministras y las secretarias y las dependientas y las estudiantes y las maestras y las señoras de la limpieza y las amas de casa y las periodistas siguen dando el callo, forradas de analgésicos si les duele antes o durante la regla, o forradas de lo que sea si tienen depresión, retención de líquidos, tensión mamaria, nervios de punta y lágrima pronta en los días previos.
Hoy estoy convencida de que lo particularmente femenino condiciona lo que escribo, porque afecta a lo que siento. Se escribe desde tan adentro que todos los flujos internos deben estar en juego. Y no es sólo el ciclo menstrual lo que nos diferencia. Muchas mujeres necesitan imitar a los hombres porque ellos son su listón, su barra de medir lo bueno. Y se ponen de los nervios si alguien sospecha en ellas una tendencia femenina.
Muchos hombres, a la vez, pretenden que la literatura de las mujeres es inferior, precisamente, por sus matices propios, a la masculina. Pero hoy, que no puedo estirarme cuando más me duele, a mí no me la pegan. Que no nos digan, por favor, que la escritura no se altera.
Hoy estoy convencida de que lo particularmente femenino condiciona lo que escribo, porque afecta a lo que siento. Se escribe desde tan adentro que todos los flujos internos deben estar en juego. Y no es sólo el ciclo menstrual lo que nos diferencia. Muchas mujeres necesitan imitar a los hombres porque ellos son su listón, su barra de medir lo bueno. Y se ponen de los nervios si alguien sospecha en ellas una tendencia femenina.
Muchos hombres, a la vez, pretenden que la literatura de las mujeres es inferior, precisamente, por sus matices propios, a la masculina. Pero hoy, que no puedo estirarme cuando más me duele, a mí no me la pegan. Que no nos digan, por favor, que la escritura no se altera.
jueves, 24 de diciembre de 2009
Bidibi-babi-dibú
Acompáñenme, por favor. Vamos a situarnos en una escena de la Cenicienta, la película de Walt Disney. Cenicienta llora desconsoladamente en un jardín porque las pedorras de sus hermanastras le han destrozado el vestido con el que pensaba ir al baile de Palacio... De pronto aparece el hada madrina más insólita y divertida de la historia de la imaginación: sobrada de kilos, ancianilla, despistadísima y jovial. Y para “desfacer” todos los entuertos que tienen a Cenicienta completamente depre, el hada madrina entona un encantamiento surrealista a tope... Yo creo que aún no había mudado de dientes cuando vi la película por primera vez y, sin embargo, jamás he olvidado la letra de aquella tonadilla tan pirada como pegadiza: “Machicabula, caramandula. Bidibi-babi-dibú/ yo hago milagros con esta canción/Bidibi-babi-dibú”... Y ¡chas!, luego viene lo de la calabaza convertida en carroza, los zapatitos de cristal, Cenicienta-encuentra Príncipe y todo lo demás que nos sabemos de memoria.
Cuando el año, cualquier año y cualquiera que sea la edad que tengamos, llega a estas alturas de la Navidad, pasan un montón de cosas. Quizá las más importante y honda, para miles de millones de personas, es que celebramos el misterio insondable del Nacimiento del Hijo de Dios. Y digo “celebramos” sin agarrarme a la palabra como tópico, sino como realidad de gratitud, esperanza y cosquillas de alegría en el alma.
Pasa también que hasta los más incrédulos sacan una cierta fe de donde pensaban que ya nada existía. Y creen de nuevo, aunque sea por breves horas, en la bondad, la fraternidad, la inocencia y los Reyes Magos. Tampoco me parece a mí un ejercicio como para quedarse con la lengua fuera, porque a una Humanidad que traga con adivinos, videntes, echadores de cartas, tarots y horóscopos varios. ¿qué trabajo le cuesta soñar por una noche con los Reyes Magos o con quienquiera que, revestido con el manto de armiño del afecto, haga de rey mago para uno?...
Ocurre otra cosa: a estas alturas del año, casi todos tenemos la piel del corazón como el vestido de Cenicienta tras el arrase de sus hermanastras: un roto de desilusión por aquí; un desgarrón de cansancio por allá; un agujero de fracaso por acullá; una mancha de contrariedades en el codo... Porque sí: porque han pasado once meses desde la última Navidad y parte de nuestras buenas intenciones se han ido por el sumidero de la rutina, el genio endemoniado, ese dolor de espalda que nos irrita o la falta de colaboración del prójimo, que es un plasta, en el cumplimiento de nuestras buenas intenciones. Y, de pronto, entre villancico y villancico, suena el eufórico “¡Bidibi-Babi-Dibú!”... Yo no sé por qué, ni tampoco voy a pararme a averiguarlo, no sea que rompa el encantamiento pero, ahora, en este tiempo navideño, el primer prodigio se produce en nosotros mismos y todos nos convertimos en hadas y hados madrinas/os. O así podría suceder a poco que lo intentásemos. Si la gorda y turulata hada madrina de Cenicienta puede transformar a los ratones en elegantes lacayos, ¿qué no podremos conseguir nosotros, tan guapos, tan altos, tan sin mocos, y tan inteligentes y brillantes?.
Difícil no es, desde luego. Dejando aparte la fórmula del encantamiento, “machicabula, caramandula...”, etcétera, ¿ de qué está hecha una varita mágica lista para proporcionar un poco de felicidad al personal?. Lo primero, para ser un hada/hado madrina/o como mandan los cánones, es conocer de verdad lo que anhela aquel que está aguardando la magia como agua de mayo, como agua navideña, en este caso. Eso, claro, exige saber mirar, escuchar, oler, intuir y, sobre todo, querer, querer mucho. Si la varita mágica está hecha, fundamentalmente, de amor no habrá errores y no acabaremos regalándole un pingüino a un esquimal o un costurero a un coleccionista de sellos, que pasa, ¿eh?. Si al afecto se unen la imaginación y la alegría, me parece que el asunto está chupado. Tiene que haber sorpresa y risas en estos días. Entregar una pulsera de perlas con cara de funeral de tercera u ofrecer la enésima corbata con lunarcitos al tío Alberto, que ya está pensando en poner un tenderete en el Rastro para vender su stock de corbatas con lunarcitos, es hacer un pan como una torta. Es, sobre todo, confundir la generosidad con el dinero. Que, ¡manda narices!.
Este es tiempo de prodigios. Tenemos por delante doce meses para que el traje del corazón vuelva a ponerse guarro de lamparones, inevitablemente. Pero, de momento, que nos quiten lo bailao y, sobre todo, lo navidañeao... Que no nos lo van a quitar, oigan. Por cierto: ¿se han probado el gorro puntiagudo de hada madrina ante el espejo para ver que tal les sienta? ¡Pues no sé a qué estamos esperando!
Cuando el año, cualquier año y cualquiera que sea la edad que tengamos, llega a estas alturas de la Navidad, pasan un montón de cosas. Quizá las más importante y honda, para miles de millones de personas, es que celebramos el misterio insondable del Nacimiento del Hijo de Dios. Y digo “celebramos” sin agarrarme a la palabra como tópico, sino como realidad de gratitud, esperanza y cosquillas de alegría en el alma.
Pasa también que hasta los más incrédulos sacan una cierta fe de donde pensaban que ya nada existía. Y creen de nuevo, aunque sea por breves horas, en la bondad, la fraternidad, la inocencia y los Reyes Magos. Tampoco me parece a mí un ejercicio como para quedarse con la lengua fuera, porque a una Humanidad que traga con adivinos, videntes, echadores de cartas, tarots y horóscopos varios. ¿qué trabajo le cuesta soñar por una noche con los Reyes Magos o con quienquiera que, revestido con el manto de armiño del afecto, haga de rey mago para uno?...
Ocurre otra cosa: a estas alturas del año, casi todos tenemos la piel del corazón como el vestido de Cenicienta tras el arrase de sus hermanastras: un roto de desilusión por aquí; un desgarrón de cansancio por allá; un agujero de fracaso por acullá; una mancha de contrariedades en el codo... Porque sí: porque han pasado once meses desde la última Navidad y parte de nuestras buenas intenciones se han ido por el sumidero de la rutina, el genio endemoniado, ese dolor de espalda que nos irrita o la falta de colaboración del prójimo, que es un plasta, en el cumplimiento de nuestras buenas intenciones. Y, de pronto, entre villancico y villancico, suena el eufórico “¡Bidibi-Babi-Dibú!”... Yo no sé por qué, ni tampoco voy a pararme a averiguarlo, no sea que rompa el encantamiento pero, ahora, en este tiempo navideño, el primer prodigio se produce en nosotros mismos y todos nos convertimos en hadas y hados madrinas/os. O así podría suceder a poco que lo intentásemos. Si la gorda y turulata hada madrina de Cenicienta puede transformar a los ratones en elegantes lacayos, ¿qué no podremos conseguir nosotros, tan guapos, tan altos, tan sin mocos, y tan inteligentes y brillantes?.
Difícil no es, desde luego. Dejando aparte la fórmula del encantamiento, “machicabula, caramandula...”, etcétera, ¿ de qué está hecha una varita mágica lista para proporcionar un poco de felicidad al personal?. Lo primero, para ser un hada/hado madrina/o como mandan los cánones, es conocer de verdad lo que anhela aquel que está aguardando la magia como agua de mayo, como agua navideña, en este caso. Eso, claro, exige saber mirar, escuchar, oler, intuir y, sobre todo, querer, querer mucho. Si la varita mágica está hecha, fundamentalmente, de amor no habrá errores y no acabaremos regalándole un pingüino a un esquimal o un costurero a un coleccionista de sellos, que pasa, ¿eh?. Si al afecto se unen la imaginación y la alegría, me parece que el asunto está chupado. Tiene que haber sorpresa y risas en estos días. Entregar una pulsera de perlas con cara de funeral de tercera u ofrecer la enésima corbata con lunarcitos al tío Alberto, que ya está pensando en poner un tenderete en el Rastro para vender su stock de corbatas con lunarcitos, es hacer un pan como una torta. Es, sobre todo, confundir la generosidad con el dinero. Que, ¡manda narices!.
Este es tiempo de prodigios. Tenemos por delante doce meses para que el traje del corazón vuelva a ponerse guarro de lamparones, inevitablemente. Pero, de momento, que nos quiten lo bailao y, sobre todo, lo navidañeao... Que no nos lo van a quitar, oigan. Por cierto: ¿se han probado el gorro puntiagudo de hada madrina ante el espejo para ver que tal les sienta? ¡Pues no sé a qué estamos esperando!
sábado, 19 de diciembre de 2009
Al mal tiempo...
Se levantó de la cama sin haber dormido, dejó sobre la mesa el libro que leía y tachó el mes de diciembre en su agenda personal como si fuera el último de una pesadilla profunda y larga.
Frente al espejo, lo primero que vio fue un cabreo imponente en los ojos de aquella mujer que estudiaba su cara de sueño y de pocos amigos. Le desbordaba la fatiga y también un dolor de puñalada en el pecho. Nunca había recibido ninguna, pero había escuchado la frase en un disco de boleros y coincidía con lo que estaba sintiendo. Pensó que los boleros no dicen mentiras, a veces exageran, pero quién no. La mañana en sí ya era una exageración. Una de esas mañanas en las que diciembre se pone pornográfico y derrocha primavera hasta enloquecer a los poetas y a los que sufren de amor dedicados a otros quehaceres.
Por amor -no tenía otra necesidad ni razón- había desarrollado con el tiempo una paciencia indulgente que alimentaba con ironía y buen humor, por supuesto asimétrico y variable, como acostumbra a ser lo humano. De golpe, se vio a sí misma violentamente escorada por una ola de furor impredecible, aturdida por la irracional velocidad de los acontecimientos, desequilibrada por la cruel venganza del santo inquisidor. Pero no vencida. Aún tenía el corazón enganchado a los restos de un naufragio largamente anunciado en el cual, perdió primero el tiempo, después la esperanza, luego se le hundió la alegría y ahora, delante de sus propios ojos, se le ahogaba la autoestima. Ya lo dice la canción: “Para ella no hay consuelo”.
Se preparó el primer café del día con poco azúcar y muchas lágrimas porque a estas alturas del bolero conocía las bondades que ejerce el llanto amargo en la piel del alma, aunque no sea color canela. Sufrir es algo inevitable para el ser vivo. Pero ella y los de su especie saben que el sufrimiento humaniza en la misma medida que el miedo a pensar envilece y el buen amor desequilibra sólo cuando falta.
Se dijo a sí misma: señora, señorita, si naufraga aproveche la ocasión y monte con su vida un culebrón. Pero no le hizo gracia y siguió llorando. ¿Qué había sido del ingenio con el que tanta risa fabricaba en otras épocas? La mujer que veía delante del espejo, con el cabreo y la taza de café demasiado caliente para su gusto, sufría en serio. Cerró los ojos e intentó una mirada nueva, como si fuera a ver a una buena amiga a la que se tiene en cuenta y se disfruta.. Por un momento, logró mantener a distancia la pena intensa, la pena invasora que desestabiliza todos los sistemas, la puta pena que alivia la dureza de las verdades crudas y subvenciona tanta mediocridad.
Abrió los ojos. Para haber servido durante años de poco más que un cajero automático, lo que reflejaba el espejo tras el baño reparador, era, sin la menor duda, una mujer real. Y además, una mujer dispuesta a serlo de pies a cabeza, con pleno albedrío.
Bien mirado -como si de veras fuese su mejor amiga-, los siglos de progreso y civilización que acondicionan los cerebros facilitan de una forma notable la difícil tarea de sus neurotrasmisores. A la velocidad que van las cosas, dentro de poco el desamor se podrá digerir en cápsulas a dosis terapéuticas. También le han hablado de un moderno tratamiento de rayos UVA que elimina hasta los últimos rastros de cicatrices. Era una mañana del mes de diciembre. Se miró las uñas: siempre cortas, sin aristas. Se las imaginó largas y afiladas. Pero arañar con una sonrisa en los labios hasta romperlo todo y contemplar con mirada de hielo el desastre no es a lo que aspira un espíritu creador.
En todo caso, fríos y siempre equilibrados, que ella conozca, sólo los muertos.
Frente al espejo, lo primero que vio fue un cabreo imponente en los ojos de aquella mujer que estudiaba su cara de sueño y de pocos amigos. Le desbordaba la fatiga y también un dolor de puñalada en el pecho. Nunca había recibido ninguna, pero había escuchado la frase en un disco de boleros y coincidía con lo que estaba sintiendo. Pensó que los boleros no dicen mentiras, a veces exageran, pero quién no. La mañana en sí ya era una exageración. Una de esas mañanas en las que diciembre se pone pornográfico y derrocha primavera hasta enloquecer a los poetas y a los que sufren de amor dedicados a otros quehaceres.
Por amor -no tenía otra necesidad ni razón- había desarrollado con el tiempo una paciencia indulgente que alimentaba con ironía y buen humor, por supuesto asimétrico y variable, como acostumbra a ser lo humano. De golpe, se vio a sí misma violentamente escorada por una ola de furor impredecible, aturdida por la irracional velocidad de los acontecimientos, desequilibrada por la cruel venganza del santo inquisidor. Pero no vencida. Aún tenía el corazón enganchado a los restos de un naufragio largamente anunciado en el cual, perdió primero el tiempo, después la esperanza, luego se le hundió la alegría y ahora, delante de sus propios ojos, se le ahogaba la autoestima. Ya lo dice la canción: “Para ella no hay consuelo”.
Se preparó el primer café del día con poco azúcar y muchas lágrimas porque a estas alturas del bolero conocía las bondades que ejerce el llanto amargo en la piel del alma, aunque no sea color canela. Sufrir es algo inevitable para el ser vivo. Pero ella y los de su especie saben que el sufrimiento humaniza en la misma medida que el miedo a pensar envilece y el buen amor desequilibra sólo cuando falta.
Se dijo a sí misma: señora, señorita, si naufraga aproveche la ocasión y monte con su vida un culebrón. Pero no le hizo gracia y siguió llorando. ¿Qué había sido del ingenio con el que tanta risa fabricaba en otras épocas? La mujer que veía delante del espejo, con el cabreo y la taza de café demasiado caliente para su gusto, sufría en serio. Cerró los ojos e intentó una mirada nueva, como si fuera a ver a una buena amiga a la que se tiene en cuenta y se disfruta.. Por un momento, logró mantener a distancia la pena intensa, la pena invasora que desestabiliza todos los sistemas, la puta pena que alivia la dureza de las verdades crudas y subvenciona tanta mediocridad.
Abrió los ojos. Para haber servido durante años de poco más que un cajero automático, lo que reflejaba el espejo tras el baño reparador, era, sin la menor duda, una mujer real. Y además, una mujer dispuesta a serlo de pies a cabeza, con pleno albedrío.
Bien mirado -como si de veras fuese su mejor amiga-, los siglos de progreso y civilización que acondicionan los cerebros facilitan de una forma notable la difícil tarea de sus neurotrasmisores. A la velocidad que van las cosas, dentro de poco el desamor se podrá digerir en cápsulas a dosis terapéuticas. También le han hablado de un moderno tratamiento de rayos UVA que elimina hasta los últimos rastros de cicatrices. Era una mañana del mes de diciembre. Se miró las uñas: siempre cortas, sin aristas. Se las imaginó largas y afiladas. Pero arañar con una sonrisa en los labios hasta romperlo todo y contemplar con mirada de hielo el desastre no es a lo que aspira un espíritu creador.
En todo caso, fríos y siempre equilibrados, que ella conozca, sólo los muertos.
martes, 15 de diciembre de 2009
Hombres
Ser hombre hoy empieza a resultar difícil, por eso muchos lo aparentan. Avanzan por las calles del mundo con un suave movimiento de espalda y una sonrisa reversible, como esas chaquetas de cuero rígido que, al darles la vuelta, admiten que unos dedos se pierdan entre las mórbidas autopistas de pelo y “double-faz”.
Cierto es que continúan detentando el poder económico y político sin demasiada vocación para compartirlo con las mujeres, o que perciben mejores sueldos que sus compañeras, con igual capacitación profesional, por una mera cuestión de sexo que a ellos les vale como garantía, pero un profundo desasosiego habita en su espíritu: cada vez son menos aquéllos que se reconocen en las características que hasta hoy definían la masculinidad: dureza, agresividad, autoritarismo, competividad... valores que ya no ostentan en exclusividad pero que nadie se atreve a cuestionar como el “todo” esencial que distingue la hombría de casta del resto de las especies. Desde que las mujeres emprendieron la tarea de volver a definirse, de elegir la conformación de su propia feminidad, saltando los estereotipos impuestos, los hombres han debilitado su conciencia de clase y han sentido el deseo de afirmarse en sí mismos.
Compatibilizar las cremas hidratantes, las tareas domésticas y los campeonatos de boxeo implica, por lo menos, una complejidad de estilos; sobre todo cuando acecha de cerca el fantasma del ridículo históricamente tan apegado a sus sombras. Tras el derrumbe del ideal de macho, incoherente al igual que los fundamentalismos de todo tipo con la evolución de la humanidad, los hombres se han apresurado a ensayar nuevos lenguajes a fin de reorientar su otra identidad. Pero para emprender esta ardua empresa es imprescindible entender la masculinidad como un largo recorrido y no como un estigma impuesto por la sociedad. De ahí el error y sus consecuencias: la fobia viril hacia la homosexualidad, la lucha por alejarse de lo femenino y la misoginia.
En ocasiones nos interrogan: ¿Pero, cómo os gustan los hombres, a las mujeres? Poco avezadas a forjar un estereotipo excluyente, los deseamos humanos por encima de todo. Que buceen con más frecuencia por el océano (bravo o pacífico) de los sentimientos, que entiendan la galantería como una expresión de respeto en lugar de un repertorio de buenos modales, que a través de sus músculos expresen belleza y bienestar en lugar de fuerza, que no renuncien al fútbol, las motos o las películas “terminator” –si de verdad les placen- ni excluyan, por decreto, la posibilidad de disfrutar de la moda, de verbalizar la nostalgia o la pasión y de manifestar sus emociones verdaderas; sea ante un pastel de chocolate, una lluvia de primavera, un túnel a oscuras o ante el hallazgo de una nueva fórmula química entre su cuerpo y el nuestro. Se trata de su masculinidad, que sólo ellos pueden redefinir, con nosotras a su lado. Y encantadas, “of course”.
Cierto es que continúan detentando el poder económico y político sin demasiada vocación para compartirlo con las mujeres, o que perciben mejores sueldos que sus compañeras, con igual capacitación profesional, por una mera cuestión de sexo que a ellos les vale como garantía, pero un profundo desasosiego habita en su espíritu: cada vez son menos aquéllos que se reconocen en las características que hasta hoy definían la masculinidad: dureza, agresividad, autoritarismo, competividad... valores que ya no ostentan en exclusividad pero que nadie se atreve a cuestionar como el “todo” esencial que distingue la hombría de casta del resto de las especies. Desde que las mujeres emprendieron la tarea de volver a definirse, de elegir la conformación de su propia feminidad, saltando los estereotipos impuestos, los hombres han debilitado su conciencia de clase y han sentido el deseo de afirmarse en sí mismos.
Compatibilizar las cremas hidratantes, las tareas domésticas y los campeonatos de boxeo implica, por lo menos, una complejidad de estilos; sobre todo cuando acecha de cerca el fantasma del ridículo históricamente tan apegado a sus sombras. Tras el derrumbe del ideal de macho, incoherente al igual que los fundamentalismos de todo tipo con la evolución de la humanidad, los hombres se han apresurado a ensayar nuevos lenguajes a fin de reorientar su otra identidad. Pero para emprender esta ardua empresa es imprescindible entender la masculinidad como un largo recorrido y no como un estigma impuesto por la sociedad. De ahí el error y sus consecuencias: la fobia viril hacia la homosexualidad, la lucha por alejarse de lo femenino y la misoginia.
En ocasiones nos interrogan: ¿Pero, cómo os gustan los hombres, a las mujeres? Poco avezadas a forjar un estereotipo excluyente, los deseamos humanos por encima de todo. Que buceen con más frecuencia por el océano (bravo o pacífico) de los sentimientos, que entiendan la galantería como una expresión de respeto en lugar de un repertorio de buenos modales, que a través de sus músculos expresen belleza y bienestar en lugar de fuerza, que no renuncien al fútbol, las motos o las películas “terminator” –si de verdad les placen- ni excluyan, por decreto, la posibilidad de disfrutar de la moda, de verbalizar la nostalgia o la pasión y de manifestar sus emociones verdaderas; sea ante un pastel de chocolate, una lluvia de primavera, un túnel a oscuras o ante el hallazgo de una nueva fórmula química entre su cuerpo y el nuestro. Se trata de su masculinidad, que sólo ellos pueden redefinir, con nosotras a su lado. Y encantadas, “of course”.
viernes, 11 de diciembre de 2009
¿Por qué escribo?
Ayer sin ir más lejos, durante un fast food de genuino sabor americano: ensalada en plástico, pollo en cartón y pepsi en lata, una amiga me preguntó si sé por qué escribo. Contesté las mentiras e incoherencias que acostumbro en estos casos y me escapé por el hueco de unos aros de cebolla que no estaban mal. Pero me quedé pensando que quizá debiera ser más amable otro día. Más amable y más valiente para decir lo que pienso.
Desde muy joven elegí la escritura como herramienta de construcción de un mundo propio de las ideas y como vehículo de comunicación para algunas de ellas. Toda mi vida, cuando he querido contar-contarme algo, lo he tenido que escribir. Quizá porque me resulta atractivo el ejercicio en sí y, aunque la habilidad en literatura no sea seguro de nada, siempre he sabido que, para escribir, yo la tenía y la tengo., Sin falsos pudores creo que dispongo de los gramos de talento necesarios para narrar temas centrales vistos desde la periferia.
No pertenezco al grupo de artistas famosos que, llenos de cansancio y de fe, ha emprendido en el dos mil el peregrinaje de regreso hacia la cuna de la humanidad y la cultura para meditar a lo pies de Buda. Pero sí siento, como ellos, una profunda nostalgia por la dulce voluptuosidad del ocio creador. Esa nostalgia me lleva de la mano a la escritura, generadora de emociones complejas y un placer poliédrico que exprimo, me agota y me serena.
Pero a veces lo hago por razones menos elevadas. También escribo porque....
Uno- detesto que la historia del hombre contada por sí mismo pretenda ser, todavía la historia de la humanidad.
Dos- El lenguaje no es inocente y me gusta dejarle las trampas al aire.
Tres- Vivo en una sociedad que intenta amoldarme para que aumente mis ambiciones y sea competitiva hasta cuando descanso.
Cuatro- No aguanto que nadie cuente mi visión de los hechos y estimule su misoginia a mi costa.
Cinco- Pretendo averiguar si puedo crecer deprisa, vivir despacio y ganarme la vida.
Seis- Quiero que me respeten la soledad sin necesidad de quedar aislada.
Siete- El cerebro adulto se vuelve conservador, se resiste al cambio y aun la llamada mente revolucionaria una vez que ha obtenido su éxito, también ofrece resistencia al cambio.
Ocho- La revolución misma se convierte en un interés creado y consciente o inconscientemente no permitimos que nada lo altere.
Nueve- Deseo introducir cambios en el centro de mí misma.
Diez- No quiero más mujeres aplastadas contra el hecho constatable de que las respuestas a los retos del futuro procedan de una compresión intelectual del pasado.
Once- No permito que este arraigado deseo de imposible seguridad me impida explorar mi auténtica naturaleza.
Doce- No quiero que fagocite el vacío ensimismado y descorazonador.
Trece- Cada persona, cada cerebro humano es único en el mundo. Y las palabras, la forma, la expresión varían de tiempo en tiempo y de una cultura a otra.
Catorce- Considero que la expresión de mi personalidad no es la pretensión de un lujo sino una premisa existencial, el aire que respiro, un capital del que no puedo prescindir.
Quince- Escribo para desarrollar mi creciente interés por los hombres y las mujeres que han sido dotados de la intensidad emocional y la capacidad intelectual suficiente para respetarse a sí mismos sin esconderse bajo las banderas.
Dieciséis- Me parece posible y necesario rentabilizar la lentitud y convertir el ocio en un arte.
Diecisiete- Me intoxica la insoportable contaminación acústica de la sociedad en la que vivo y reivindico mi derecho a curarme en silencio.
Dieciocho- Ando a la caza y captura del verdadero nombre de algunas cosas.
Diecinueve- La vida es dura y escribir me ayuda a vivirla con indulgencia.
Y si intento o me gustaría convertirlo en mi trabajo es porque quizás haya cierta salvación en el trabajo y me gusta imaginar cuando miro a mi hijo, cuando le toque, eligirá el suyo en libertad y será capaz de vivirlo con entusiasmo. Por amor a sí mismo y por dinero, por las buenas razones y por si acaso.
Desde muy joven elegí la escritura como herramienta de construcción de un mundo propio de las ideas y como vehículo de comunicación para algunas de ellas. Toda mi vida, cuando he querido contar-contarme algo, lo he tenido que escribir. Quizá porque me resulta atractivo el ejercicio en sí y, aunque la habilidad en literatura no sea seguro de nada, siempre he sabido que, para escribir, yo la tenía y la tengo., Sin falsos pudores creo que dispongo de los gramos de talento necesarios para narrar temas centrales vistos desde la periferia.
No pertenezco al grupo de artistas famosos que, llenos de cansancio y de fe, ha emprendido en el dos mil el peregrinaje de regreso hacia la cuna de la humanidad y la cultura para meditar a lo pies de Buda. Pero sí siento, como ellos, una profunda nostalgia por la dulce voluptuosidad del ocio creador. Esa nostalgia me lleva de la mano a la escritura, generadora de emociones complejas y un placer poliédrico que exprimo, me agota y me serena.
Pero a veces lo hago por razones menos elevadas. También escribo porque....
Uno- detesto que la historia del hombre contada por sí mismo pretenda ser, todavía la historia de la humanidad.
Dos- El lenguaje no es inocente y me gusta dejarle las trampas al aire.
Tres- Vivo en una sociedad que intenta amoldarme para que aumente mis ambiciones y sea competitiva hasta cuando descanso.
Cuatro- No aguanto que nadie cuente mi visión de los hechos y estimule su misoginia a mi costa.
Cinco- Pretendo averiguar si puedo crecer deprisa, vivir despacio y ganarme la vida.
Seis- Quiero que me respeten la soledad sin necesidad de quedar aislada.
Siete- El cerebro adulto se vuelve conservador, se resiste al cambio y aun la llamada mente revolucionaria una vez que ha obtenido su éxito, también ofrece resistencia al cambio.
Ocho- La revolución misma se convierte en un interés creado y consciente o inconscientemente no permitimos que nada lo altere.
Nueve- Deseo introducir cambios en el centro de mí misma.
Diez- No quiero más mujeres aplastadas contra el hecho constatable de que las respuestas a los retos del futuro procedan de una compresión intelectual del pasado.
Once- No permito que este arraigado deseo de imposible seguridad me impida explorar mi auténtica naturaleza.
Doce- No quiero que fagocite el vacío ensimismado y descorazonador.
Trece- Cada persona, cada cerebro humano es único en el mundo. Y las palabras, la forma, la expresión varían de tiempo en tiempo y de una cultura a otra.
Catorce- Considero que la expresión de mi personalidad no es la pretensión de un lujo sino una premisa existencial, el aire que respiro, un capital del que no puedo prescindir.
Quince- Escribo para desarrollar mi creciente interés por los hombres y las mujeres que han sido dotados de la intensidad emocional y la capacidad intelectual suficiente para respetarse a sí mismos sin esconderse bajo las banderas.
Dieciséis- Me parece posible y necesario rentabilizar la lentitud y convertir el ocio en un arte.
Diecisiete- Me intoxica la insoportable contaminación acústica de la sociedad en la que vivo y reivindico mi derecho a curarme en silencio.
Dieciocho- Ando a la caza y captura del verdadero nombre de algunas cosas.
Diecinueve- La vida es dura y escribir me ayuda a vivirla con indulgencia.
Y si intento o me gustaría convertirlo en mi trabajo es porque quizás haya cierta salvación en el trabajo y me gusta imaginar cuando miro a mi hijo, cuando le toque, eligirá el suyo en libertad y será capaz de vivirlo con entusiasmo. Por amor a sí mismo y por dinero, por las buenas razones y por si acaso.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Esto es la guerra
Hay mujeres a las que no les gustan las mujeres. Bueno, ésta es una forma suave de expresarlo, pero no querrán que empiece este artículo escribiendo: Hay mujeres que odian a las mujeres. No es mi estilo.
Yo diría que hay mujeres que se sienten incómodas ante la presencia de otras mujeres. Recuerdo una obra de teatro, en la que aparecían dos señoras con sus respectivos en un cine, viendo una película de Sofía Loren. A los maridos, cada vez que aparecía Sofía, se les ponía cara de estar tocando el cielo y a aquellas dos señoras, de pelo permanentado y abrigo de pieles, se les torcía el morro y comenzaban a sacar defectos a la italiana: “Pobrecita, es tan ordinaria”; “Y tiene una pierna más larga que la otra, fíjate”; “En las escenas de amor se pone bizca”... Si bien este ejemplo responde al tópico de que las mujeres normales sienten envidia (cochina) hacia las damas espectaculares, hay algo de razón en que hay mujeres que sienten la belleza de otras como una agresión. Y no estoy hablando precisamente de señoras tradicionales como las dos que aparecían en la comedia, sino de mujeres de esta época de las que trabajan, son idependientes y, en alguna ocasión, hasta presume de feministas. Recuerdo a una que escribía en un periódico un reportaje en el que compadecía abiertamente a Catherine Deneuve. Se atrevía a preguntarle con una osadía que rozaba la ingenuidad: “Y usted ¿cómo lleva el paso de los años?, el deterioro físico, la pérdida de atractivo? Porque para usted será mucho más dramático que para cualquiera....”
Y la Deneuve, con esa belleza radiante que le ha dado el tiempo, le respondía que se sentía bien, tranquila, que salía con un hombre mucho más joven que ella. Que disfrutaba de la madurez.... Yo creo que de una manera oblicua le estaba diciendo : “No te preocupes, mujer, podré superarlo”.
En fin, estarán de acuerdo conmigo en que compadecerse de Catherine Deneuve roza con lo paranormal. Lo que ocurre es que hay mujeres a las que les gusta creer que la belleza tiene alguna pega consustancial, que las bellas suelen carecer de cerebro, de cultura y de sentido común.
Yo tengo una amiga de esas que les hablo, de esas que no soportan la proximidad de las mujeres. Y os preguntareis: ¿Y cómo es entonces amiga de usted? Tiene su explicación: yo no represento competencia para mi amiga. Es decir, que aunque nunca me lo ha dicho, se considera más guapa que yo. Mi amiga es muy potente, aunque normalmente se comporta como si careciera de atractivo porque es que, ya digo, se le sienta una mujer al lado y el aura se le llena de púas. Yo la he visto(es que tengo poderes paranormales, ya lo contaré en otra ocasión). El caso es que un día mi amiga y yo quedamos a comer con el que entonces era nuestro jefe, un cuarentón atractivo, pero no tanto como él creía. El cuarentón tenía un encanto añadido y es que, además de cuarentón, era ¡heterosexual! Las dos le mirábamos como se mira a un Tigre de Siberia (especie en extinción) y exclamábamos para nuestros adentros: “¿Es cierto lo que tengo ante mis ojos?”
Oh, Dios, la naturaleza nos depara en ocasiones rarezas como ésta. Bendita sea.
La comida transcurrió entre la cordialidad de aquel perfecto heterosexual y la guerra sorda que frente a él libraban aquellas dos mujeres (mi amiga y yo). Y la guerra no empezó por mi culpa, advierto, era mi amiga la que de pronto se había transformado en mi enemiga. Y es que por esas cosas raras de la vida, aquel HETE (permítanme que le añada una H al marciano) me miraba solamente a mí. Es que hay gente de gustos perversos. Era la primera vez en mi vida que me ocurría esto porque, lo juro, mi amiga es más guapa y más interesante que yo. Aquel pervertido me estaba poniendo en una situación límite porque yo notaba las púas del aura de mi amiga clavadas en mis costillas.
La sangre no llegó al río. Mi amiga y yo nos despedimos con un seco adiós y la cosa quedó así. Quedó así, entre otras razones, porque mi jefe era de esos de “hoy te miro, mañana ni te conozco”. A la semana mi amiga me llamó con un tono de amiga herida y me dijo: “Hay que ver el número que hiciste el otro día. Sólo te faltó abalanzarte sobre él allí mismo”.
El tiempo ha devuelto las aguas a su cauce porque, a fin de cuentas, ella sabe muy bien que yo no le llego a la suela del zapato. Pero, qué quieren que les diga, su odio me acercó ligeramente a lo que deben sentir a diario Christie Turlintong, Inés Sastre o Gwyneth Paltrow... Y eso es agradable
Yo diría que hay mujeres que se sienten incómodas ante la presencia de otras mujeres. Recuerdo una obra de teatro, en la que aparecían dos señoras con sus respectivos en un cine, viendo una película de Sofía Loren. A los maridos, cada vez que aparecía Sofía, se les ponía cara de estar tocando el cielo y a aquellas dos señoras, de pelo permanentado y abrigo de pieles, se les torcía el morro y comenzaban a sacar defectos a la italiana: “Pobrecita, es tan ordinaria”; “Y tiene una pierna más larga que la otra, fíjate”; “En las escenas de amor se pone bizca”... Si bien este ejemplo responde al tópico de que las mujeres normales sienten envidia (cochina) hacia las damas espectaculares, hay algo de razón en que hay mujeres que sienten la belleza de otras como una agresión. Y no estoy hablando precisamente de señoras tradicionales como las dos que aparecían en la comedia, sino de mujeres de esta época de las que trabajan, son idependientes y, en alguna ocasión, hasta presume de feministas. Recuerdo a una que escribía en un periódico un reportaje en el que compadecía abiertamente a Catherine Deneuve. Se atrevía a preguntarle con una osadía que rozaba la ingenuidad: “Y usted ¿cómo lleva el paso de los años?, el deterioro físico, la pérdida de atractivo? Porque para usted será mucho más dramático que para cualquiera....”
Y la Deneuve, con esa belleza radiante que le ha dado el tiempo, le respondía que se sentía bien, tranquila, que salía con un hombre mucho más joven que ella. Que disfrutaba de la madurez.... Yo creo que de una manera oblicua le estaba diciendo : “No te preocupes, mujer, podré superarlo”.
En fin, estarán de acuerdo conmigo en que compadecerse de Catherine Deneuve roza con lo paranormal. Lo que ocurre es que hay mujeres a las que les gusta creer que la belleza tiene alguna pega consustancial, que las bellas suelen carecer de cerebro, de cultura y de sentido común.
Yo tengo una amiga de esas que les hablo, de esas que no soportan la proximidad de las mujeres. Y os preguntareis: ¿Y cómo es entonces amiga de usted? Tiene su explicación: yo no represento competencia para mi amiga. Es decir, que aunque nunca me lo ha dicho, se considera más guapa que yo. Mi amiga es muy potente, aunque normalmente se comporta como si careciera de atractivo porque es que, ya digo, se le sienta una mujer al lado y el aura se le llena de púas. Yo la he visto(es que tengo poderes paranormales, ya lo contaré en otra ocasión). El caso es que un día mi amiga y yo quedamos a comer con el que entonces era nuestro jefe, un cuarentón atractivo, pero no tanto como él creía. El cuarentón tenía un encanto añadido y es que, además de cuarentón, era ¡heterosexual! Las dos le mirábamos como se mira a un Tigre de Siberia (especie en extinción) y exclamábamos para nuestros adentros: “¿Es cierto lo que tengo ante mis ojos?”
Oh, Dios, la naturaleza nos depara en ocasiones rarezas como ésta. Bendita sea.
La comida transcurrió entre la cordialidad de aquel perfecto heterosexual y la guerra sorda que frente a él libraban aquellas dos mujeres (mi amiga y yo). Y la guerra no empezó por mi culpa, advierto, era mi amiga la que de pronto se había transformado en mi enemiga. Y es que por esas cosas raras de la vida, aquel HETE (permítanme que le añada una H al marciano) me miraba solamente a mí. Es que hay gente de gustos perversos. Era la primera vez en mi vida que me ocurría esto porque, lo juro, mi amiga es más guapa y más interesante que yo. Aquel pervertido me estaba poniendo en una situación límite porque yo notaba las púas del aura de mi amiga clavadas en mis costillas.
La sangre no llegó al río. Mi amiga y yo nos despedimos con un seco adiós y la cosa quedó así. Quedó así, entre otras razones, porque mi jefe era de esos de “hoy te miro, mañana ni te conozco”. A la semana mi amiga me llamó con un tono de amiga herida y me dijo: “Hay que ver el número que hiciste el otro día. Sólo te faltó abalanzarte sobre él allí mismo”.
El tiempo ha devuelto las aguas a su cauce porque, a fin de cuentas, ella sabe muy bien que yo no le llego a la suela del zapato. Pero, qué quieren que les diga, su odio me acercó ligeramente a lo que deben sentir a diario Christie Turlintong, Inés Sastre o Gwyneth Paltrow... Y eso es agradable
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