sábado, 29 de junio de 2013

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... Euforia, tormento. Noches en vela. Días inactivos. Sueña despierta delante del ordenador. Se olvida el bolso en el supermercado. Sigue de largo donde debería doblar. Habla en voz alta mientras camina sola. Planea lo que diría, o lo que debería haber dicho. Lo que le dirá en un próximo encuentro. Corre riesgos estúpidos. Dice tonterías. Se ríe demasiado. Habla lo que no debe. Revela secretos. Pasea de madrugada. Algo que le dijo él aún le resuena en sus oídos. Ve su sonrisa si cierra sus ojos. Atesora las entradas de la película que vieron juntos ¿Qué pensará él del libro que está leyendo? Un perfume despierta un sin fin de recuerdos. Una canción le provoca sollozos. Llora un promedio de cien lágrimas al día. Y duerme, calcula, unas cuatro horas por noche...


domingo, 23 de junio de 2013

Sólo alguien con las heridas cerradas...


Sólo alguien con las heridas cerradas,
sólo alguien
que ha aullado de dolor mientras las curaba
podrá mirar sin miedo
mis cicatrices

y caminar conmigo en paz.


miércoles, 19 de junio de 2013

Érase una vez...


"Érase una vez... Y al final del cuento la caperucita era una loba, la abuelita un leñador, la devoradora una asceta, la libérrima un completo compendio de dependencias, la mística una frívola empapada de temores, el incomprendido un ángel, la princesa un monstruo, el monstruo una princesa, el otro incomprendidonun diablo, la supuesta loba una absoluta caperucita y el camino entre el bosque un leñador".


sábado, 8 de junio de 2013

Perdón, perdón, perdón


Desafortunadamente, la idea del perdón lleva mucho tiempo envenenada. El perdón constituye, junto con la promesa, uno de esos gestos que mejor define la condición humana. Perdonar tiene algo, en sus orígenes, de rechazo a la fatalidad de lo ocurrido. Cuando decimos "lo pasado, pasado", estamos afirmando no sólo que del pasado lo único que podemos hacer es irnos olvidando, puesto que no hay forma de que vuelva, sino también que es la realidad más sólida, más firme, más inalterable que podamos concebir, como viene expresando en el viejo refrán popular "el pasado puede más que Dios". Así las cosas, perdonar tiene algo de rechazo, de enfrentamiento a la dictadura del pasado, a su aparente irreversibilidad. Es como si el que perdona le dijera al mundo: "Esperad un momento, que sobre este asunto todavía me queda algo por hacer".

Eso es lo que le queda por hacer al que perdona pertenece a un orden específico. Por decirlo con las palabras que utiliza Javier Sábada en su libro El perdón, en el gesto de perdonar se expresa la soberanía del yo, que, en su plena autonomía se enfrenta a otro yo. De hecho, cuando empezamos a ejercitarnos en la práctica del perdón, una de las primeras cosas que no suele sorprender es la incomprensión ajena. Pero, ¿cómo has podido perdonar semejante cosa?, se nos suele decir. En tales momentos empezamos a ver la diferencia de perspectivas: esas terceras personas nos plantean su recriminación desde un punto de vista (por ejemplo, el de algún legítimo derecho que nos asitia y al que estamos renunciando) que poco o nada tiene que ver con la naturaleza del perdonar.

Y es que el perdón fundamentalmente significa, utilizando la definición de Butler, la supresión del resentimiento. Perdonar por tanto, no equivale a olvidar (por más que tantas veces se equiparen ambos términos) ni a absolver. El perdonado no se torna inocente tras el perdón. Puede quedar, si ello está en manos de la víctima, eximido del castigo, pero ello no resulta forzoso. Quien perdona no renuncia a la memoria, sino al odio (tal vez como señalaba Arendt, se perdona a la persona, no lo que ha hecho). S desprende de esto que, si con alguna virtud tiene que ver la facultad de perdonar, es con la misericordia, aunque también mantenga un parentesco cercano con la generosidad (que es la virtud del don). Ninguna de las dos es innata: ambas se alcanzan básicamente a través del conocimiento, tanto de los otros como de uno mismo... (...)

viernes, 3 de mayo de 2013

La gente...


La gente se maquilla hasta el alma antes de salir de casa por las mañanas. Se mira al espejo y se dice: "Perfecto, ya no pareces tú. Ahora sonríe y cómete el mundo."

La gente es hipócrita, egoísta y una golfa de cuidado. La gente deshace las promesas a su antojo y, al mismo tiempo, te pide compromisos de por vida. La gente se equivoca -se equivoca mucho- y, después, no admite ni un fallo. No perdona. No olvida. No nada. Y no se ahoga tampoco. La gente... ni siquiera pierde la esperanza; por suerte o por desgracia, jamás le hizo falta fabricarla. La gente vive por y para sí misma... pero se consume sin saberlo.

Hay gente que se cree con licencia para exigir cualquier cosa del resto... Y exige sin escrúpulos. Hasta las vísceras.

... Por suerte, aún quedan personas en este mar de gente. PERSONAS, con mayúscula. Son de ese tipo de seres en peligro de extinción que prefiere en la cara el viento al maquillaje. Y que se sienten -porque a veces no todo es verse- muchos más guapos si se miran en los charcos que en los espejos.


martes, 16 de abril de 2013

Ausencia


¿Cómo convertir la ausencia en costumbre?  ¿Será como dejar la luz encendida, tanto de noche como de día, hasta que se deja de ser consciente de que está encendida? ¿O será como apagarla y no volverla a encender, ni siquiera de noche, hasta que se aprende a vivir en la oscuridad?


domingo, 14 de abril de 2013

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Sintió que alguien presionaba sus tobillos, con el pulgar y el índice apretando en el hueso hasta que sus piernas quedaron completamente inmovilizadas. Y un cuchillo afilado recorrió su pierna derecha, desde el principio hasta la rodilla, con el mismo movimiento de la cuchilla cuando te depilas, pero esta vez rajando la piel con sumo cuidado para no olvidar ni un centímetro, atravesando las venas hasta llegar al hueso y entonces, pararon. Gritaba demasiado, tanto que cualquiera podía escucharla. Así que le rajaron los labios con el mismo cuchillo, se los rajaron en horizontal dibujando una sonrisa diabólica y en vertical hasta donde comienza la nariz. Entonces pararon. En la frente, con una navaja, le escribieron puta. La sangre descendía por su cara empapando sus ojos verdes. Y por un momento se sintió tan puta que chilló del dolor que le producía cada uno de los errores que cometió una vez y que ya no podía solucionar. Pero cada vez que gritaba las rajas de los labios aumentaban de tamaño y el dolor de culpa pasó a un segundo plano. Le cosieron su nombre verdadero en el brazo izquierdo
con un hilo azul que encontraron en el cajón de Bridget y rezó para que se quedasen así toda la vida, porque la sensación de una aguja pasando de lado a lado de la piel era mucho más agradable que cuando le rajaban el cuerpo pasionalmente. Nadie la besó, nadie le mordió los senos esta vez, nadie la violó, nadie le obligó a hacer sexo oral. No querían placer del de siempre. Esta vez no la deseaban. Ahora sólo querían devolverle el daño a base de heridas. Y lo que ellos no entendían es que cada dolor es distinto, y que el dolor físico jamás suplirá todo el daño psicológico que alguien puede hacerte cuando aún quieres.