martes, 30 de septiembre de 2014

El tiempo pasa volando

"El tiempo pasa volando". Ignoro quién formuló por primera vez esta frase que a pesar de haberse convertido en tópico mantiene intacta su belleza. Que utiliza la gente, de muy diversa procedencia; para expresar su asombro, su ansia, su resignación o se vértigo al ver que un hijo crece y una madre envejece, que el paraíso soñado se reduce a un entresuelo de 50 metros cuadrados y la vuelta al mundo a un fin de semana en Palma de Mallorca: pero a diferencia de la gran mayoría de frases hechas, el lugar común no ha sido capaz de desnudarla de significado.

"El tiempo pasa volando". Se trata de una imagen sugerente tenemos conciencia del tiempo porque, aunque preferimos no pensar en ello, sabemos que nuestra existencia en este mundo tiene fecha de caducidad. Disponemos de razones objetivas para sentir que pasa, como el autobús o la soledad, como el tren y la utopía, como la moda de pantalón "fuseau" con manoletina dorada o la pasión por los dinosaurios de Spielberg. Pasa tan rápidamente que sin contar los días que tiene noviembre llega diciembre y aún no hemos comprado el recambio de la agenda para 2015. Tan volando que ni acertamos a ver su verdadero rostro, como los boeings, que en lugar de viajar por el cielo parecen autocares que transitan por una autopista de algodón, o la gaviotas de cola blanca que, de dos en dos, bailan como una pareja de patinadores rusos y se desplazan tan rápido que necesitarías pulsar el botón de "slowly" que tienen los videos modernos para relentizar la imagen.

El tiempo pasa volando ante nuestras narices y no siempre aceptamos el riesgo de embarcar en su nave. A veces porque el viaje es demasiado largo, con escala en aeropuertos polares adornados con osos disecados. Otras veces porque una nómina es una nómina, a pesar de percibir un sueldo miserable, y una pareja es una pareja, aunque tan sólo compartas las facturas.

Gracias a los rituales marcados por el calendario, la gente acaba por distraerse del vértigo que produce imaginar el tiempo como una llanura inmensa que esconde sus límites. La invitación a atravesarla es mucho más que un derecho constitucional, pero los buenos viajeros admiten que el trayecto puede variar en la estación más inesperada.

Si el tiempo pasa volando, con nosotros dentro de la cabina de pilotaje, le evitamos a nuestra conciencia sobremesas de tedio y remordimientos de vacío. Pero para conseguir esta plaza hay que tener un carné de conducir más difícil que el E (vehículos con remolque no ligero) y, por si fuera poco, por métodos autodidactas. La educación sentimental nunca entró en nuestros programas de curso, y hasta que no nos reconocemos huérfanos de recursos para avanzar por la llanura no le damos importancia. Si trabajas la inteligencia, acoges la duda y habitas en tus sentimientos con la habilidad para acelerar y desacelerar sin miedo, es posible que si te equivocas de nave o de tren en lugar de perder el viaje hagas transbordo.

martes, 16 de septiembre de 2014

Nublao


«Mariana creía que los días nublados le traían mala suerte. Cada amanecer nublado, algo malo ocurría. Los días nublados los pasaba sola, tratando de olvidar malos momentos. Pero esta vez un chico la invitó a tomar algo, y no lo podía rechazar. No le dijo nada y esperó. Cuando el chico la llamó para confirmar, se dio cuenta que las maldiciones no existían. Se vistió y se preparó para salir. "Las maldiciones no existen" pensó. Y se cayó por las escaleras. "O tal vez, si", se dijo mientras se reía sola. "Sólo no hay que pensar que no existen."»

(Lucía De Dominicis)


domingo, 14 de septiembre de 2014

¿Qué hacer cuando te rompen el corazón?


En su tercer disco Amaral cantaba uno de sus grandes éxitos, Sin ti no soy nada. La protagonista de la letra de la canción hablaba de una emoción, de cómo se sentía tras perder a su pareja, como una niña triste tirada en la cama que abrazaba su almohada. Y yo no dudo de que nos podamos sentirnos así tras un divorcio o una separación. Una ruptura de pareja es una pérdida (incluso aunque haya sido decisión nuestra) y puede llevarnos a sentir emociones extremas. Pero no todo lo que sentimos es cierto, a veces sentimos que nuestra vida está acabada y no es verdad. Y si pueden ser normales esas emociones en un primer momento, no nos podemos conformar con ellas y quedarnos en la tristeza toda la vida. No es cierto que el tiempo todo lo cure, todo depende de lo que hagamos en ese tiempo. ¿Y qué es lo que podemos hacer cuando nos dejan y sentimos que no somos nada?

Todos tenemos en la cabeza las típicas imágenes de hombres tomando whiskies en la barra del bar y mujeres comiendo sin fin grandes tarrinas de helado. Las canciones de desamor, el cine y posiblemente los amigos nos digan que lo hay que hacer es salir de fiesta o que un clavo saca otro clavo. Cada persona es diferente, cada persona tiene su ritmo y tiene formas diferentes de superar una ruptura. Sin embargo, hay algunas pistas que pueden servir para la mayoría de nosotros.

Lo primero que conviene hacer, si tenemos ganas, es llorar la pérdida y sentir todas esas emociones de desesperanza y dolor. Lo peor que se le puede decir a una persona que llora es que no llore, que venga, que lo supere, que no es nada. Teníamos pasión, amor, cariño o esperanza, y ahora lo hemos perdido: tenemos derecho a llorar, a enfadarnos, a negar la ruptura y a preguntarnos mil y una veces por qué.

Desde el primer momento, cuanto antes podamos, es bueno poder hablar sobre lo que ha pasado, cómo nos sentimos. No se trata de tener la obligación de hablar con una amiga o un amigo si no nos apetece. Si no nos apetece, lo dejamos para después y ya veremos. Ni tampoco es cuestión de ir contando las penas a los cuatro vientos. Pero siempre es bueno oír cómo nos sentimos de nuestra boca mientras se lo contamos a alguien. Las penas compartidas son menos penas.

Hablar con alguien de todo lo que sentimos y pensamos no solo sirve para desahogarnos. El lenguaje ayuda a ordenar nuestras ideas. Por eso una tarea muy oportuna puede ser escribir lo que pensamos y estamos viviendo. Esforzarnos en poner por escrito todas esas frases que nos estamos repitiendo una y otra vez y que se han podido convertir en un martilleo rítmico insoportable o en un ovillo que no sabemos desliar.

Un día, unos días, una semana, un par de semanas. En algún momento tenemos que dejar de llorar (aunque sea un rato) y salir a la calle. No es necesario salir de fiesta (si apetece, pues muy bien), pero lo peor que podemos hacer es no hacer nada: del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, con horas y horas de televisión o de obligaciones. Es necesario salir de la rutina y mantenernos activos, ver a amigos, quedar a tomar un café, salir a ver escaparates, pasear por una vía verde o ir al cine.

¿Y qué hacer con la esperanza? A veces nuestra expareja nos da una de cal y una de arena y a veces podemos creer que no todo está perdido, que podemos volver a estar juntos. Y a veces podemos ver señales donde no las hay e ilusionarnos con que el amor triunfe y vuelva a resurgir. Sin embargo, hay una prueba más importante que cientos de cosas que se nos puedan pasar por la cabeza, nuestra pareja no está con nosotros, no quiere estar con nosotros, porque si quisiera estaría con nosotros. No sabemos lo que el futuro nos puede deparar, pero no podemos esperar lo que posiblemente no pase nunca. Lo mejor es decir adiós y, si podemos, como Rosana, que te vaya bonito.

Seguro que ya nos hemos preguntado muchísimas veces por qué nos han dejado o le hemos dado mil vueltas a lo que ha sucedido. Con un poco de distancia y de tiempo (unos días o unas semanas) podremos comprenderlo mejor. Después de un pequeño tiempo, es el momento de revisar aquellas ideas que hemos escrito sobre todo lo que nos ha pasado por la cabeza. Seguro que son unas pocas ideas y preguntas repetidas de mil formas diferentes. ¿Por qué nos han dejado? Porque sus emociones, sus esperanzas, sus proyectos, lo que piensa, ha cambiado. Y de eso nosotros no podemos ser culpables, hemos podido cometer errores o no, no darnos cuenta de aquello o de lo otro, pero nosotros seguíamos queriendo.

Tú vales por lo que eres, no por quien te quiera o te odie. No le podemos gustar a todo el mundo ni podemos conseguir que alguien nos quiera por mucho que creamos que sea el amor de nuestra vida. Los amores acaban, aunque su final nos duela. Tú eres una persona especial, con ganas de amar y capacidad de amar. Tú tienes un millón de virtudes, aunque alguien no lo vea, aunque tú no lo sepas, aunque no te lo creas.

Y ahora comienza una nueva etapa. Tú eres protagonista de tu nueva vida. No se trata de tomar grandes decisiones unos días después de una ruptura, se trata de saber que ahora tu vida la controlas tú. Podrás tener muchos condicionantes, muchas cosas que no controlas, pero tú vas a ser la persona que va a decidir qué hacer con todo eso que te rodea y con todo eso que eres. Quizás sea el momento de hacer aquellas cosas que nunca te habías atrevido a hacer, empezar proyectos guardados en un cajón. Quizás sea el momento de conocerte mejor y superar con ayuda profesional aquellos problemas de los que siempre te habías quejado. Quizás sea el momento de buscar nuevos amores o retomar antiguas y queridas amistades. Lo que es seguro es que es un buen momento para volver a ser feliz.


lunes, 1 de septiembre de 2014

Cambio


Me he levantado esta madrugada y, al abandonar la cama, el alma se me ha caído y se ha roto contra el suelo. Se ha partido con un chasquido leve y seco que, sin embargo, ha resonado en el silencio como una protesta.

Despacio, con paciencia de relojero, he ido recogiendo los trozos que se han desperdigado sobre el parqué. He amontonado sobre la cama recuerdos disímiles, odios larvados y esperanzas que me niego. Figuras muertas con otras de personas con las que hoy mismo desayunaré. Así expuesta, deshecha y falta de orden, mi alma me ha parecido el recuerdo de una vida inútil. He pasado buena parte de la noche reconstruyendo la frágil coherencia de ayer, encajando las piezas una por una, hasta volver a ser yo.

Despuntaba el sol cuando he terminado con la labor más ardua: reconstruir el pasado y el presente. Después ya sólo me ha quedado la labor de repegar las piezas de mi futuro imaginado. He recordado otras veces que se me rompió el alma, hace tiempo. Entonces aquella porción era más grande, mucho más grande.

Es por eso que me he prometido darle brillo.


viernes, 29 de agosto de 2014

...


La pura verdad es que continuo tremendamente disponible para cuando quieras regresar. Continuo aquí, disponible, que no esperándote. Son cosas completamente diferentes. Esperar, esperar en el sentido más puro de la palabra, significa sentarse a ver cómo pasa la vida sin inmiscuirse en nada hasta que llegue ese algo o ese alguien que estamos esperando y nos impulse al mundo físico de nuevo. Yo no te espero. No podría permitirme parar otra vez, porque ni siquiera sé si vendrás. Simplemente continuo con mi vida, a sabiendas de que cualquier día puedes aparecer - o no- y entonces estaré dispuesta a que lo cambies todo. No es que esté dispuesta en realidad, es que lo harás. Y tendré
que conformarme. Ya vengo convencida de fábrica, formada, conformada.

martes, 26 de agosto de 2014

...


A veces me besa en la boca tu olor. Y el mundo sigue girando como si no
hubiera pasado nada. Pasan los minutos, pasa la vida. Nosotros, los de
entonces, ya no somos los mismos; ya lo decía Neruda. Tu imagen jamás se
va del todo, pero ya no me tortura como antes. Supongo que ya no me
alimento de recuerdos. Ni de inseguridades. Supongo que ahora vivo fuera
del bucle. Y me pregunto si tú te habrás quedado ahí dentro, girando
solo. Si ahora mismo sigues dando vueltas, como antes, volviendo siempre
al triste punto de partida. Me pregunto si serás feliz...

A veces me araña la espalda tu olor. Y no siento nada. Todos los
pinchazos se han quedado dormidos. Ya no me preguntan por ti. Ya no
estamos imantados. Y, aunque nos sigamos teniendo miedo, siempre podemos
disimularlo haciéndonos los encontradizos y parándonos a hablar en
cualquier semáforo en rojo. Sabiendo que la luz verde significa que ya
podemos perdernos en el ritmo frenético de la ciudad. Perdernos en otros
labios. En otros caminos. Y empezar de cero en esta búsqueda constante
de la felicidad a la que llaman vida.


Se sigue buscando isla


Según la leyenda, Afrodita nació aquí, en Kíthira. La diosa del amor surgió del mar precisamente en estas playas y, aunque de su templo no queda ni una sola piedra, el aire huele tan bien y el sol de la más meridional de las jónicas es tan bueno conmigo que la tarde se pone dulce y me hace ilusión cerrar los ojos y creerme el amor y sus dioses, por lo menos, hasta que llegue el crepúsculo.

Sin embargo, a menudo y no sólo en Grecia, el amor es un famoso productor de tragedias. Si antes no muere nadie de aburrimiento, las relaciones amorosas, ya sea por exceso o por defecto, siempre terminan haciéndonos sufrir.

¿Será cierto que la sensibilidad no tiene medida y todas las doctrinas griegas sobre el término medio son falsas? Lo afirma Elias Canetti en “La provincia del hombre” y aunque es uno de mis libros de cabecera, cualquiera que haya amado alguna vez con todos sus sentidos sabe algo sobre las fronteras propias y las ajenas y sabe también que las emociones y los sentimientos han de dosificarse con sabiduría porque la espontaneidad y la frescura es un lenguaje que acostumbra a pagarse caro. No hay pasión sin combate contra ella, sin aspirar a la recuperación del equilibrio, a la claridad, la medida justa, la razón y la calma. Por eso no termino que creerme la afirmación de Canetti. Pero todavía es pronto, falta mucho para el crepúsculo y la tarde, esta isla y su diosa dan para inventarse las historias más exquisitas.

Ibiza me resultó demasiado mundana y accesible. A Cuba, distinta y distante como su utopía, tal vez llegué demasiado tarde. Pero mi paraíso soñado es un territorio así de abarcable y rodeado de agua templada por todas partes. Por eso busco una isla; un paisaje de colinas y bosques que bajan hasta la playa por caminos amables donde nadie impide identificar los perfumes del aire. Allí, bajo la sombra de los pinos que la protegen del sol de mediodía, duerme mi casa tal como la sueño: horizontal, espaciosa, fresca, llena de color y sin embargo tan blanca. Tiene embarcadero y atracado en él un barco viejo de madera noble y buena quilla. En la cocina, de grandes fogones, los pucheros hierven lentamente un cocido de verduras y legumbres frescas, y dejan escapar aromas que se mezclan con el olor de la fruta madura y el de las algas que arrastra la marea. Dos niñas juegan con los perros en la orilla del agua y algunos muchachos se recrean mirándolas sin notar que ellas lo saben.

En mi país de Jauja sin oráculo que asuma la responsabilidad, sin dioses que me envíen a la guerra ni me concedan treguas en Navidad, con la sola certeza de que todo aquello que afecta a los humanos está sometido a cambios incesantes, mi alma no sufrirá prisionera de las pasiones. Ataraxia llamaban los griegos a ese estado de serenidad, medida exacta.

A las playas de la isla que busco quiero llegar más pronto que tarde. Y te invoco, Afrodita, porque no es fácil; hay que dejar atrás los continentes sin contenido y atravesar mares profundos y misteriosos en los que todavía en más de una ocasión me jugaré la vida.

Sabré que la he encontrado cuando sea el placer lo que me dé la dimensión de la bondad en la gente y en las cosas; cuando al tiempo sólo lo midan la temperatura y la luz; y a mí, nada ni nadie.